[Columna publicada el 16 de octubre de 2026, en Diario Forestal. Revisa el rol del DL 701 en la expansión forestal en Chile y responde a la defensa de las plantaciones forestales de una sola especie hecha por el presidente del Colegio de Ingenieros Forestales.]
Más allá del DL 701
El presidente del Colegio de Ingenieros Forestales, Simón Berti, en su columna publicada en biobio.cl el 5 de agosto hace una fuerte defensa de los monocultivos de pino insigne, refiriéndose a ellos como “plantaciones forestales de una sola especie”. Los forestales más viejos, que comenzamos a plantar pinos en los años 60, sabemos lo positivo que han sido las plantaciones forestales en el control de la erosión que en esos años afectaba varios millones de hectáreas, y en la generación de materia prima para una industria forestal en fuerte expansión, especialmente hacia la exportación.
Podría ser en monocultivos o no, pero había que hacerlo.
En 1965, el presidente Frei Montalva propuso al Congreso un proyecto de ley forestal que reemplazaba la vieja ley de 1931 que, entre otras medidas, proponía una bonificación a los productores plantadores del 100% del costo de la plantación (25 % más que el 75% del DL 701 de Pinochet). Ese proyecto, luego de ser aprobado por la Cámara de Diputados, no alcanzó a pasar al Senado porque la Reforma Agraria acaparó toda la atención parlamentaria. En la segunda mitad de los años 60, los pocos ingenieros forestales que veníamos saliendo de la Universidad de Chile teníamos claridad de la importancia de cubrir la mayor parte de la Cordillera de la Costa desde Valparaíso a la Araucanía y parte de la precordillera de Los Andes con plantaciones de exóticas o nativas, en monocultivos o no.
De acuerdo con lo dicho, el DL 701 de 1974 fue una solución correcta. Sin embargo, el contexto dictatorial y claramente la intención de beneficiar a las grandes empresas, lo hizo criticable por quienes en el sector forestal fuimos los derrotados, expulsados de nuestros trabajos, llevados a campos de concentración, asesinados o perseguidos. En ese sentido, hay razón al decir que muchas reacciones en contra del 701 son políticas.
Se atribuye al DL 701 la impresionante y envidiable tasa de plantaciones que comenzó a fines de los 70 hasta mediados de los 90, que en varios años superó las 100.000 hectáreas pero, si bien jugó su rol, lo determinante y causa principal de las grandes cifras de plantaciones fue el bajísimo valor de la tierra para plantar y su inexpropiabilidad. Por ese motivo, a partir del 2000 la tasa de plantaciones no subiría nunca a los valores anteriores y tampoco sería posible una nueva expansión de la industria forestal primaria, aunque siguiera existiendo la bonificación. Lo adecuado para Chile sería que la industria forestal escalara tecnológicamente a productos con más valor agregado que el país necesita y no que las utilidades logradas en Chile se estén reinvirtiendo en otros países, como lo hacen CMPC y Arauco.
En relación con las plantaciones forestales, las críticas importantes se inician ya a fines de los años 80 por los impactos ambientales y sociales negativos que causaron. En aquellos años su establecimiento se hacía “limpiando” las superficies a plantar con roces a fuego. Así nos enseñaron y lo hacíamos los ingenieros forestales con la bendición de CONAF. Ese fue el primer y gran impacto ambiental negativo de las plantaciones. En el aspecto social, se rompieron los aspectos “positivos” de la relación latifundio-minifundio en ambas cordilleras al ser adquiridos los grandes predios por empresas que los cercan y eliminan todo tipo de medierías que permitían la economía campesina, obligando a la población a emigrar a los poblados y generando pobreza por falta de trabajo permanente. Por ello, en el 2000 las comunas con más plantaciones presentan los Índices de Desarrollo Humano más bajos del país. Esto se repite en el nuevo estudio del PNUD 2024.
Muchos de estos grandes predios en la Araucanía habían pertenecido a comunidades mapuche y luego de su usurpación y despojo por parte de colonos chilenos o extranjeros, fueron vendidos a las grandes empresas forestales. Se “blanquean” títulos de propiedad, se eliminan áreas de bosque nativo que formaban parte de la economía y medicina mapuche, se plantan lugares sagrados o ceremoniales, etc. Todo ello contribuyó a generar acciones reivindicativas y quemas de camiones, como bien lo relata Fernando Pairican en su libro “MALON, la rebelión del movimiento mapuche 1990-2013”.
Es efectivo que la economía forestal presentó un fuerte crecimiento por proyectos que venían gestándose en los años 60 y nuevos proyectos en los años 80, aprovechando la disponibilidad de materia prima. Hubo más inversiones, empleo, producción, exportaciones y utilidades, pero el crecimiento no se transformó en desarrollo. En todo caso, tampoco es posible actualmente un crecimiento como lo hubo; el modelo está agotado. Defiendo las plantaciones, pero critico aquellas que han causado, directa o indirectamente, impactos ambientales o sociales negativos. Es necesario un cambio que incluya la participación de todas y todos los actores territoriales a nivel nacional, regional y local y, en especial, un nuevo concepto de ordenamiento territorial.




